DINARD

Históricamente, ha sido conocida como una villa para el turismo aristócrata, “La Perla de la Costa Esmeralda” la llamaban. Acudían, aparte de “gente bien”, artistas reconocidos, el mismo Picasso en 1922, en una visita pintó allí su cuadro de “Dos mujeres corriendo por la playa”. Hoteles, restauración, eventos, fiestas, golf y un estilo a lo “Belle Epoque” dibujaban la ciudad a lo largo del tiempo.

Desde allí, comenzamos un paseo por su costa, hay un camino que te permite ir bordeando la ciudad. Se empieza a ver la dimensión que tienen las subidas y bajadas de marea por la zona ¿en qué lo notamos?. Para empezar, como "francés precavido vale por dos", para asegurarse el baño han construido una especie de piscina de agua salada para cuando la marea está baja, de manera que, habiendo metros y metros de arena hasta llegar al agua, casi a pie de paseo puedes encontrarte una especie de piscina enorme redonda donde parece pasarlo pipa el mundo cuando el agua retrocede.

Otra de las señales de la dimensión de las mareas la encontramos cuando estamos llegando al Puerto Náutico y nos encontramos las embarcaciones como si estuvieran pastando en el campo y a lo lejos se intuye el mar. 

Llamadnos iluminados, pero estos dos indicios nos hicieron pensar en las mareas… y acordarnos de que el Mont Saint-Michel no estaba tan lejos…

Lo que sí que está muy cerca de Dinard es Saint-Malo. Desde el sendero que va rodeando la ciudad se puede contemplar perfectamente el perfil de esta ciudad corsaria, que nosotros visitaríamos al día siguiente.

Por este paseo también se van dejando, al otro lado que no es el mar (bajo), algunos chalets que sí tiene el estilo Belle-Epoque del que antes hablábamos.


Y así va pasando el tiempo mientras vamos divisando toda la costa de Dinard por un camino muy agradable. Cuando miramos el reloj vemos que no queda demasiado para que nuestro ticket de aparcamiento caduque. Así que decidimos ir retrocediendo, pero en este caso por otro camino diferente, interior, que nos enseñe algo más de Dinard.

Este nos lleva hasta un mirador sobre el que había un mini rojo que nos hizo mucha gracia. Nos volvemos a entretener intentando sacarnos fotos dejando la cámara en una papelera y más lugares imposibles y es entonces cuando de verdad el ticket caducaba.