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ANIÑON


Respecto a su patrimonio destacar la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Castillo, es un monumento de estilo gótico-mudéjar, levantado en el siglo XIV.

Entre los retablos destaca el del altar mayor. En la segunda mitad del siglo XVI, fue ampliada y restaurada, respetando su valor originario. Conserva intacto su hastial, con la pureza propia de la época primera.
Está considerado como uno de los más ricos muros del mudéjar español: sus decoraciones lo sitúan a la cabeza del mudéjar aragonés. La torre, situada al lado del Evangelio, es de planta cuadrada y consta de tres cuerpos. El primero aparece bellamente decorados con tracerías mudéjares; el ladrillo forma filigranas extraordinarias, con rombos y dientes de sierra. El segundo abre grandes huecos para alojar las campanas, por los que pasa la luz; como remate, una galería de pequeños arcos. El último cuerpo se abre asimismo con bellos arcos entrecruzados.

Desde la torre de la iglesia se alcanza a ver la ermita de la Virgen de la Sierra o de la Soledad.

ALCONCHEL DE ARIZA

Casco urbano se distribuye irregularmente, alrededor de la iglesia y en torno a la plaza de Villarreal; la piedra sin revocar y la mampostería son los principales elementos que configuran los edificios, aunque se ven muchas fachadas encaladas, porque hubo unos años en que era obligatorio hacerlo para las fiestas mayores. Como muchas localidades de la zona sufre la emigración de sus gentes a las grandes ciudades pero en épocas estivales vuelven a su pueblo aumentando notablemente.

Respecto a su patrimonio destacar la Iglesia de Nuestra Señora, su construcción es de piedra al igual que las casas de la localidad. De estilo renacentista, data del siglo XVII, tiene una sencilla portada con arco apuntado, su interior está formado por una única nave de tipo castellano, cubierta por bóveda estrellada, apoyada sobre capiteles jónicos. En su interior destacan varios retablos.

ABANTO


El espacio rectangular de la plaza de la iglesia, es el centro del pueblo.
Desde aquí parten las principales calles. A escasos metros, se sitúa otra plaza muy pintoresca, con edificios de rancio sabor aragonés.

Sus casas se escalonan acomodándose a los accidentes del terreno, y los tejados irregulares parecen, en ocasiones, surgidos de la propia montaña o de la roca dándole una apariencia singular; se ven fachadas encaladas, otras muestran al aire la piedra noble y el ladrillo. Los emparrados enmarcan los grandes portalones como un motivo ornamental más.

En el apartado de monumentos destacar la iglesia parroquial que emerge en el corazón del casco urbano. Es un edificio de piedra de sillería, del siglo XVIII con portada barroca. De este mismo estilo es todo el templo, de planta rectangular con cabecera cuadrada y compuesto de tres naves, de las que sobresale la central cubierta con bóveda de lunetos, en tanto que las laterales se cubren con bóveda de arista.

La del crucero es semiesférica, rebajada y ciega sobre pechinas, con tambor de luces.

La Iglesia de Ntra. Sra. de La Asunción de estilo barroco construida en el siglo XVII.

Además de la iglesia parroquial, Abanto cuenta con dos ermitas, la de San Sebastián y la de San Esteban. Hay varios retablos dedicados, respectivamente, San Antonio Abad, a San Blas, al Santo Cristo y a la Virgen del Pilar; se corresponden a los siglos XVI, XVII y XVIII. El que podría considerarse como retablo más antiguo no es un sagrario gótico de finales del siglo XV, gótica es también la cruz procesional, de plata dorada.

 

BELCHITE

El libro, editado por Prensas de la universidad de Zaragoza, desbroza el tratamiento memorialista que a lo largo de los últimos 85 años han tenido las ruinas del pueblo zaragozano de Belchite, escenario de una de las batallas más cruentas de la guerra civil (más de 5.000 muertos en dos semanas) y cuya reconstrucción fue vetada por el propio dictador Francisco Franco.

Ochenta y cinco años después del comienzo de esa batalla, el 24 de agosto de 1937, Belchite amenaza ruina. Y seguirá haciéndolo cuando el 11 de marzo se cumplan los 86 años de la pomposa trola que el dictador en persona soltó ante sus vecinos: “yo os juro que acabada la guerra (…) sobre estas ruinas de Belchite se edificará una ciudad hermosa y amplia como homenaje a su heroísmo sin par”.

Ocurrió lo contrario: el anuncio de reconstrucción mutó en apenas unos meses en una prohibición de reconstruir de la que solo se salvaron entonces el cementerio, la puerta de la villa y un santuario.

Un millar de presos políticos que malvivían hacinados en los barracones de un campo de concentración cercano conocido como “la pequeña Rusia”, en el que también fueron confinados los miembros de familias locales señaladas como izquierdistas que sobrevivieron a la represión, levantó un nuevo núcleo que sería inaugurado en 1954. Los últimos vecinos dejaban en 1964 el pueblo viejo. Hoy hay 1.559 empadronados en el nuevo.

La batalla de Belchite, situado a 50 kilómetros de Zaragoza, fueron, en realidad, dos.

La primera, que se desarrolló entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, incluyó una encarnizada lucha, casa por casa en su última fase y combinada con bombardeos aéreos, que terminó con la toma del pueblo por las fuerzas republicanas. Antes de comenzar la guerra civil había 3.800 vecinos en Belchite, cuyo núcleo urbano, en manos de más de 3.000 falangistas y militares sublevados (hasta 6.000, según la fuente) bajo el mando del alcalde Alfonso Trallero, quedó destrozado en una batalla que arrojó un saldo de más de 5.000 muertos en ambos bandos y unos 3.000 prisioneros, mientras más de 600 insurrectos se pasaban a las filas gubernamentales.

Esa primera batalla de Belchite fue utilizada propagandísticamente por los dos bandos. El republicano destacó la toma de una posición cercana a Zaragoza, mientras los sublevados resaltaban cómo la resistencia de sus fuerzas había logrado frustrar la fallida ofensiva sobre la capital aragonesa que los primeros habían lanzado, por ocho flancos, a finales de agosto. “Tantas fuerzas para tomar cuatro o cinco pueblos no satisfacen al ministerio de Defensa ni a nadie”, llegó a telegrafiar el responsable de esa cartera, Indalecio Prieto, a la cúpula militar que dirigió la operación.

Los sublevados tomarían de nuevo Belchite en otra batalla que tuvo lugar solo seis meses después de la primera, en marzo de 1938, cuando las posiciones republicanas en el frente de Aragón comenzaban a desmoronarse. Fueron, en ambos casos, victorias pírricas por el control de un pueblo en ruinas cuyo valor había pasado a ser, para ambos bandos, más simbólico que estratégico.

"Una experiencia de guerra"

Sin embargo, y pese a los anuncios oficiales y a medidas como su “adopción” por el dictador, el pueblo no iba a ser reconstruido: Franco “ha querido que las ruinas gloriosas de Belchite queden en el prestigio intacto (sic) de su dolor actual” como un “montón de ruinas que sembró el marxismo como huella inequívoca de su fugaz paso”, anunciaba el régimen en la primavera de 1940, poco antes de comenzar las obras del nuevo núcleo.

Esa decisión no fue acompañada de medidas de conservación del devastado. De hecho, el viejo pueblo no fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) hasta 2002, pese a contar con restos de edificios de estilo mudéjar, para ser vallado cinco años después. Lo que en realidad había decretado el franquismo era el abandono del lugar, algo que acabo dando a sus ruinas un significado muy distinto del que le había reservado la dictadura.

“Los contratiempos de la política” hicieron que en Belchite “no se haya consolidado más que muy parcialmente el despliegue de un espacio memorial de carácter transnacional”, como Coventry o Hiroshima, señala Michoneau, para quien “este desfase –o si se quiere este anacronismo- también es el que explica su interés”.

Para el historiador, a partir de los años 90 Belchite “se impuso, a su vez, como lugar de sufrimiento de unos civiles atrapados en una guerra civil cuyos fundamentos ideológicos ya no resultaban comprensibles”, en lo que comenzaba a revelarse como “una nueva historia de la guerra”. “Las ruinas dejaron de ser, desde entones, pretexto para la narración épica del conflicto, constituyéndose en el lugar en el que se compartía una misma ‘experiencia de guerra”, señala.

Una impresión de absurdo

En España, “la monumentalización de las ruinas [bélicas] fue sorprendentemente precoz; sin embargo, su conversión en huella fue tardía”, indica el historiador, para quien el primer proceso tuvo lugar ya en los años 50 mientras que el segundo tardaría en llegar cuatro décadas, hasta que los trabajos de memoria histórica comenzaron a avivarse en los 90.

Las ruinas del pueblo viejo de Belchite “dejaron de ser objeto de empresa conmemorativa” en los años 60, en un proceso que se acentuó con la democracia, apunta Michonneau, quien también concluye que, por otro lado, “no se convirtieron en símbolo del sufrimiento colectivo más que de forma incompleta y tardía, por cuanto, en España, esa función ha sido asignada a Gernika”.

El historiador traza un paralelismo entre los restos de la localidad zaragozana y los de Pompeya, en cuanto “teatro de una tragedia de la que se ignora todo”, de la que apenas se conocen los actores y la historia y que, a la vez, constituye un “único testimonio de una catástrofe inconcebible de la que no creemos comprender más que sus espantosas consecuencias”. “La impresión de absurdo que transmite el espectáculo de las ruinas -añade- monopoliza y nutre una poderosa corriente pacifista que proclama que no hay guerras justas”.

 

MONASTERIO DE PIEDRA

Este es uno de los parajes de los que guardo uno de los mejores momentos de mi vida, en el estuve en la década de los 60 con una nueva amiga, con la que posteriormente estoy compartiendo más de 50 años de mi vida.

Curiosamente hemos estado en el, en varias ocasiones, pero nunca publique nada, y ahora al regreso de un Viaje por La Alcarria, le dedicamos otro de nuestros momentos.

En pocos lugares se confunde el arte con la naturaleza, como en este romántico jardín del Monasterio de Piedra, en Nuévalos (Zaragoza).

Fue creado para contemplar la grandilocuencia del paisaje con sus espectaculares cascadas, grutas y lagos naturales.

Los muros del monasterio del siglo XIII, esconden ocho siglos de historia desde su Consagración, en 1218.

En él se pueden contemplar las principales características de la arquitectura Cisterciense. La Iglesia es el edificio central, con un claustro anexo en torno al cual se disponen las estancias monacales: Sala Capitular, Cillería o almacén, Cocina, Refectorio y Calefactorio.

Historia del Monasterio

La fundación del Monasterio de Piedra se relaciona con un doble marco histórico: Es parte del fenómeno de las repoblaciones de la segunda mitad del siglo XII y también es un brillante capítulo de la expansión de los cistercienses por la Península Ibérica. En 1186, Alfonso II de Aragón y su esposa, Sancha de Castilla, donaron a los monjes de Poblet el Castillo de Piedra (castrum Petrae) con el objeto de fundar allí un monasterio cisterciense. Entre 1186 y 1194 los monjes de Poblet realizaron los preparativos necesarios y, el 10 de mayo de 1194, bendecidos por el abad Pedro Masanet, que gobernó Poblet entre 1190 y 1196, salieron del monasterio catalán 12 monjes, a la cabeza de los cuales se encontraba Gaufrido de Rocaberti, I Abad de Piedra. Gaufrido debió ser hijo del vizconde Jofre, hermano del vizconde Dalmau, pariente del arzobispo de Tarragona, Ramón de Rocaberti, del obispo de Zaragoza, Rodrigo Rocaberti y del obispo de Gerona, Pere Rocaberti. Sus poderosos parientes dieron protección e impulso a la nueva fundación.

La intención inicial del I Abad era establecer una comunidad filial de Poblet en algún lugar no predeterminado de los territorios meridionales del Reino de Aragón. Hubo tres ubicaciones diferentes antes de encontrar el emplazamiento definitivo. A finales de 1194, se instalaron en Santa María de Cilleruelos, muy cerca de Peralejos (Teruel). Allí empezaron a construir un monasterio, que abandonaron y transformaron en un priorato, manteniéndolo en uso hasta 1835. De él aún pueden visitarse en la actualidad una ermita y escasos restos materiales de sus dependencias priorales.

A caballo entre dos estilos: del Románico al Gótico

La construcción del monasterio se realiza en los años de transición del Románico al Gótico. El característico estilo arquitectónico de la Orden está presente en el monasterio: Gótico Cisterciense, arquitectura sobria, austera, sencilla y luminosa.

En mayo de 1195, Alfonso II ratificó la donación de Piedra a los monjes cistercienses otorgándoles el dominio y jurisdicción completa sobre estos territorios: el mero y mixto imperio, con la jurisdicción civil y criminal, ejercida en nombre del rey. El pergamino con la donación se conserva en el Archivo Histórico Nacional (Madrid) y en él se recoge la obligación de los monjes a rezar una misa anual por el alma del monarca y de sus parientes.





Entre 1195 y 1203 se documenta un problema relacionado con la patrimonialidad de Piedra, que explica la construcción y abandono del tercer monasterio, llamado de Piedra Vieja. En la orilla derecha del río Piedra existía un castillo que, en algún momento de la década de 1120, fue donado a la familia Malavella. En 1200, Juan de Malavella renunció a los derechos sucesorios que le podían corresponder sobre el castillo de Piedra. A partir de entonces, los monjes cistercienses quedaron como únicos dueños del coto redondo del señorío, unos 30 km2, repartidos entre los actuales términos de Nuévalos, Ibdes y Monterde.

Los monjes se establecieron en la orilla izquierda del río Piedra en un monasterio provisional, llamado de Piedra Vieja, construido en madera y adobe. El Monasterio de Piedra Nueva fue la cuarta y definitiva ubicación de la Abadía. Los edificios empezaron a construirse en 1203. En 1218 las obras estaban suficientemente avanzadas como para que los monjes pudieran ocupar los edificios. El 16 de diciembre de 1218, se hizo la ceremonia de traslación de la comunidad desde Piedra Vieja a Piedra Nueva. La consagración de la Iglesia Abacial fue presidida por el IV Abad de Piedra, Jimeno Martín, por el arzobispo de Tarragona, Asprago de la Barca, que actuó en nombre de Jaime I,  por el obispo de Zaragoza, Sancho Ahones, y por el obispo de Albarracín, Domingo Ruíz de Azagra, que había sido monje profeso en Piedra. En el sitio donde estuvo Piedra Vieja los monjes construyeron una ermita, llamada de Santa María de los Argalides, cuyos epígrafes constatan que fue reformada en 1755, siendo abad Inocencio Pérez.

Testigo de excepción de la historia de España

Como consecuencia de los años de abandono que, en el siglo XIX, sufrieron los edificios tras la Desamortización. Piedra conoció tres procesos desamortizadores.

En plena guerra de la Independencia, un decreto de José I, de 1808, supuso la supresión de la comunidad. Los monjes fueron expulsados en 1809 y el ejército francés saqueó la abadía, transformada en hospital. En 1814, terminada la guerra, Fernando VII permitió a los monjes que habían sobrevivido recomponer la comunidad. En 1820, durante el trienio liberal, el monasterio volvió a ser suprimido, sus bienes fueron inventariados, nacionalizados y, algunos de ellos, subastados.

En 1823, después de la entrada de los 100.000 hijos de San Luis, la comunidad volvió a restablecerse. En 1835, la reina regente María Cristina, siendo Isabel II menor de edad, admitió la promulgación del decreto de disolución de órdenes masculinas y la desamortización de bienes eclesiásticos para, con las ventas, obtener los recursos necesarios para financiar al ejército liberal que apoyaba a su hija durante la I Guerra Carlista.

El decreto de Mendizábal de 1835 significó el fin definitivo de la comunidad de Piedra. Los bienes, inventariados, fueron subastados en Ateca, Zaragoza y Madrid en las décadas de 1840 y 1850. Los edificios conventuales fueron administrados por funcionarios entre 1835 y 1843, fecha en la que fueron subastados y adquiridos por D. Pablo Muntadas Campeny por 1.250.000 reales.

Desde 1844 Juan Federico Muntadas, consolidado como propietario de Piedra, transformó la huerta en un jardín paisajista y las dependencias conventuales en una instalación hostelera e hidroterápica, a lo que añadió la construcción de una piscifactoría que fue pionera en España, parte de cuyas instalaciones son visitables aún hoy en el recorrido por el Parque.

Desde entonces hasta nuestros días, Piedra se ha convertido en un destino turístico de primer orden. La adquisición de los edificios por la familia Muntadas, la transformación del Monasterio en un Hotel y los nuevos usos turísticos que se dieron a las dependencias frenaron su degradación y lo han preservado en el estado actual. Catalogado como Monumento Nacional el 16 de febrero de 1983 (hoy en día, Bien de Interés Cultural, en la categoría de Monumento), el Monasterio de Piedra es en la actualidad uno de los parajes más espectaculares de Europa, siendo además galardonado con la Medalla al Mérito Turístico por el Gobierno de Aragón en 2011.

Parque Monasterio de Piedra

El Monasterio de Piedra fue adquirido en 1843, por Don Pablo Muntadas Campeny, a través de una Subasta Pública, por 1.250.000 reales.

Fue en los años siguientes cuando Don Juan Federico Muntadas, hijo del anterior, transformó la huerta existente en un jardín paisajista y las dependencias conventuales en una instalación hostelera e hidroterápica. A ello añadió la construcción de una piscifactoría en 1867, que fue pionera en España y de la que todavía pueden verse algunas de sus pesqueras originales al visitar el Parque.

Desde entonces hasta nuestros días, Piedra se convirtió en un destino turístico de primer orden. La adquisición de la Propiedad por la familia Muntadas, la transformación del monasterio en un Hotel y los nuevos usos turísticos que se dieron a las dependencias frenaron su degradación, después de la desamortización de Mendizábal en 1835, y lo han preservado como en la actualidad.

Un deleite para los sentidos

El recorrido del Parque del Monasterio de Piedra está cuajado de sorpresas y bellísimos rincones de cualidades estéticas y paisajistas sorprendentes. A la belleza propia del río hay que añadir el bullicio y frescor de sus cascadas, la apacible quietud de sus lagos, y el cantar de diferentes especies de aves, de las que se han identificado más de 20 especies distintas.

Catalogado como Paraje Pintoresco Nacional el 28 de diciembre de 1945, esta catalogación que fue modificada en 2010 por el Gobierno de Aragón para convertirse en Conjunto de Interés Cultural en la categoría de Jardín Histórico. Catalogado asimismo como Monumento Nacional el 16 de febrero de 1983 (hoy en día, Bien de Interés Cultural, en la categoría de Monumento), el Monasterio de Piedra es en la actualidad uno de los parajes más espectaculares de Europa, siendo además galardonado con la Medalla al Mérito Turístico por el Gobierno de Aragón en 2011.

El Parque, Jardín Histórico del Monasterio de Piedra, ofrece un espectacular recorrido a través de una exuberante naturaleza.

A pesar de su “naturalidad”, no deja de ser una creación del hombre, sirviéndose de la naturaleza como materia. Pero el arte de la jardinería no reproduce solamente las formas visibles de la naturaleza, sino también su forma de operar.

Basado en la tradición paisajista, el jardín del Monasterio de Piedra, creado a partir de 1860, intenta borrar las fronteras con el paisaje libre, adaptándose a él. En un artículo publicado en la revista inglesa Fraser’s Magazine, leemos: “En cuanto a la disposición del decorado, la naturaleza ha dejado al propietario poco que hacer y mucho de que maravillarse. Afortunadamente ha tenido el buen gusto de contentarse con ello. Sólo ha puesto ante los ojos y hecho accesibles curiosidades y puntos interesantes, sin querer mejorar lo que en su salvaje sencillez es ya perfecto”.

Se refiere a Juan Federico Muntadas, artífice de esta soberbia unión de paisaje natural y jardín. Él se encargó de impregnarlo con su estética romántica y pictórica. El jardín se ha convertido en un escenario que parece sacado de un lienzo del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, donde el hombre empequeñece frente a las fuerzas de la naturaleza.

La intervención de Muntadas consistió en hacer accesible al hombre el extraordinario paisaje natural. Abrió caminos y paseos, construyó puentes y escaleras y creo un parque paisajista con paseos entre plátanos, nogales, fresnos… Su padre, Pablo Muntadas, había adquirido el monasterio, fundado en el siglo XII por monjes cistercienses. Lo obtuvo en subasta pública en 1840, tras la desamortización de Mendizábal.

El objetivo de Pablo Muntadas era el desarrollo de la explotación agrícola. Sin embargo, cuando su hijo Juan Federico descubrió la insólita gruta Iris, el parque se abrió al público. Por este motivo en la década de 1860 se convirtió en un destino turístico. Juan Federico Muntadas fundó en 1867 la primera piscifactoría de España, uniendo así lo útil con lo bello.

El Monasterio de Piedra es una unión entre el hombre y su entorno, un paradigma de la creación romántica. Su ubicación en una de las zonas más desérticas de Aragón lo convierte en tesoro. Entre las sierras del Sistema Ibérico aparece un vergel regado por el río Piedra, nombre al lugar.