LES GRANDS BUFFETS

Les Grands Buffets

No es habitual en mis comentarios, hablar de restaurantes o incluso hoteles, yo me centro en las cosas a visitar, los gustos culinarios y el hospedaje va a gusto del consumidor, pero en este caso, no comento un restaurante, que tampoco lo hago, ya que copie el texto de una profesional, pero me suscribo a casi todo, pero para definirlo diría que es el Restaurant de los restaurantes, a lo largo de mi vida (profesional) he degustado los mejores manjares, he asistido a almuerzos lujuriosos, y he sido atendido por los mejores camareros, maîtres y someliers, y Les Grands Buffets no le van a la zaga de ninguno, con una ventaja, hay comida para todos los gustos.

El motivo de nuestro viaje fue básicamente, poder comer en Les Grands Buffets de Narbonne, en ocasiones anteriores fue imposible, ya que hay que hacer la reserva con muchos meses de antelación, aún teniendo en cuenta que hay servicio de almuerzo y cena, todos los días del año, sin excepciones.

Como no hay, como los expertos para que cuenten bien las cosas, me remito al artículo del comidista en El País publicado el 24 de febrero de 2016, que en algunos puntos he actualizado.

Mónica Escudero de El PAIS

Normalmente asociamos –y con toda la razón– los buffets libres como factorías de comida de baja calidad, donde prima la cantidad, el sabor, la textura y el mimo brillan por su ausencia y prácticamente todo sabe a tristeza o glutamato monosódico. Pero hace poco descubrí un restaurante en el que hay mucha comida, puedes comer a voluntad por 62,90 euros –antes de pensar que es caro, esperad a conocer la oferta– y todo, sin excepción, está rico y es de muy buena calidad.

Me refiero a Les Grands Buffets, un paraíso de la gochería que se encuentra en Narbona, al sur de Francia, que lleva más de 25 años haciendo felices a los habitantes de la zona y, a los que se acercan a ella desde lugares recónditos para disfrutar de sus manjares. Louis Privat, director del restaurante desde que abrió en 1989, resume así su esencia: "Nuestro restaurante tiene el espíritu de las mesas surtidas que siempre ha habido en las grandes celebraciones en Francia.

Hemos creado un sitio para celebrar, para disfrutar, para relajarse y para ser feliz". 

Más categórico, imposible.

Últimamente ha crecido el número de asistentes, ya que el AVE que nos lleva en menos de una hora desde Barcelona, Girona o Figueras, hace que sea más fácil desplazarse hasta allí.

Aunque si uno dispone de un mínimo de tiempo, merece visitar el sur de la costa mediterránea francesa, la cotê Vermeille, Perpignan, Colliure, Elne, Argeles sur Mer, Fontfroide, por descontado Narbona, y si uno quiere una ruta espectacular, añada Carcasonne, una ciudad que hay que visitar como mínimo una vez en la vida.

Antes de pasar a relatar las bondades de este templo pantagruélico, esta oda al buen comer –y al muy comer y al mucho comer, el pato al vino y a los postres sin fin, debo hacer una llamada al sentido común. En Les Grands Buffets es muy fácil comer de más, ponerse ciego de proteínas, grasas, azúcar y vino y pasarse tres días digiriendo como una boa constrictor. Así que es algo para hacer muy, muy, muy de vez en cuando (algo que tampoco es muy difícil si vives a varios cientos de kilómetros de Narbona).

El espacio

La llegada a Les Grands Buffets es una experiencia bastante surrealista.

Se ubica junto a un centro de ocio –de aspecto bastante desangelado– a las afueras de Narbona. Allí, entre boleras, piscinas y pistas de patinaje sobre hielo, rodeado por un par de cadenas de comida rápida, gasolineras e hipermercados, asoma una pirámide de cristal que reproduce la del museo del Louvre.

Esperando ver un Oompa Loompa saliendo de cualquier rincón.

Cuando crees que tu capacidad para asimilar el escenario kitsch costumbrista está llegando a su límite, abres una puerta y entras en el restaurante, decorado al estilo de los bistrots de los años 30. Las estaciones dedicadas a los diferentes tipos de alimentos tienen un aspecto a medio camino entre un mercado antiguo y una feria: podríamos definirlos como retro, un poco horteras y, a la vez, extrañamente bonitos.

Lujuria jamonera de la buena.

Las paredes están decoradas con cuadros hiperrealistas de plantas pintados al pastel, hay algunos reservados – diferentes en tamaño y decoración– y una zona infantil decorada en forma de selva que, vacía y bastante oscura tal y como la vi, tenía un punto algo siniestro.

Lo mismo diría de las criaturas que pueblan la fuente del jardín, con pinta de ser primos hermanos de los personajes de Pesadilla antes de Navidad.

Foto parece, cuadro es.

La comida El buffet se divide en diferentes secciones temáticas: una de quesos que cuenta con 110 referencias lo que nos a convertido en la mesa de quesosmás grande del mundo, - cuenta su director–, otra de charcutería con un jamón asado casero delicioso, otra de frutos del mar con ostras recién abiertas, marisco cocido, salsas, ahumados y un salmón marinado y unos boquerones que ya merecen el viaje hasta allí.

La sección de estofados y platos de cuchara tiene especial importancia para el director de Les Grands Buffets. "Queremos recrear el ambiente de una comida de fiesta y celebración, y estos platos que preparaban nuestras abuelas, con tiempo, cariño y fuego lento transmiten exactamente eso", cuenta. Mientras, nos enseña unas tripas guisadas –bastante parecidas a los callos a la madrileña– que huelen a gloria, unos riñones estofados y unos caracoles a la catalana que piden un asalto hogaza en mano. Su sopa de pescado también es mítica, "muy celebrada por importantes chefs franceses con estrellas Michelin", asegura Louis Privat.

Salmonazo para morirse

El foie gras es otra de las estrellas del menú: tienen diferentes variedades de terrina y micuit caseros, entre los que destacaría el curado con pimiento de Espelette. También se puede pedir fresco y a la plancha en la Rostisserie, un asador panorámico enorme con la leyenda "Fay ce que Vouldras" – "haz lo que quieras", la divisa del Gargantúa de Rabelais– como declaración de principios. Por allí pasan pescados, magrets de pato, entrecots, tournedós Rossini o langostas a la americana, entre otros, y preparan un steak tartar con una carne estupenda pero picado a máquina, posiblemente la única pega que le encontré al lugar.

En la sección de postres se pueden encontrar más de 100 tipos diferentes, empezando por los dulces tradicionales franceses como el Paris-Brest, Saint-Honorés, babas al Ron, eclairs con los rellenos más lujuriosos del mundo, macarons, canelés, mousses de todo tipo, helados viejunos (naranjas y limones rellenos, y un sorbete de marc de cava en una botella de plástico que me mandó directa a los ochenta solo con verlo) y una Crème brûlée con un sabor y una textura imbatibles.

La bebida

Si te gusta el vino, Les Grands Buffets va a ser tu paraíso en la tierra, porque en su carta cuentan con más de 70 referencias a precio de bodega. "Para que te hagas una idea, tenemos un vino que aquí cuesta 18 euros la botella, en cualquier bistrot de París, 100 y en el restaurante de Alain Ducasse en la Torre Eiffel –Le Jules Verne–, 200", cuenta Louis Privat. ¿Cómo consiguen precios tan ajustados?

Mediante acuerdos con las bodegas y renunciando a parte del beneficio que normalmente se consigue con las bebidas en este tipo de local.

El paraíso quesero







Grasita buena

Todos los vinos se sirven a copas, porque queremos que los comensales puedan probar las variedades que quieran, maridar sus comidas según les apetezca –guiados o no por alguno de nuestros sumilleres– y, con suerte, descubrir aquí su nuevo vino favorito", dice Privat, que participa activamente en la selección de bodegas que integran la carta. Prima el producto local, algo que tiene mucho sentido cuando estás en la famosa región de Languedoc-Roussillon.


Esto también tenía una declaración de amor

También hay botellas desde 5 hasta 200 euros –no intentéis hacer las cuentas de cuánto puede costar el vino más caro en Chez Ducasse, porque os puede explotar la cabeza como casi me pasa a mí–, y si te enamoras de alguno y decides llevarte seis botellas a casa, te regalan la que has consumida durante la comida.

Sin ser ninguna experta ni en vino –ni en beberlo a la hora de la comida, me entra una ñoña incontrolable que hace que el resto del día no sirva para nada– los minisorbos que di a las cuatro o cinco referencias que nos sirvieron me llegan para decir que estaban todos muy ricos.

Aún estando muy atento a la cata del máximo de platos, para poder dar mi opinión final, tuve tiempo o mano libre para sacar mis propias fotos que pueden compararse con las de la prensa.



















Ratificar el alto nivel profesional de los camareros, siempre atentos, con un "responsable de tu mesa", por cierto hay mesas de diferentes tamaños, pudiendo mantener tu intimidad. 

Finalizado el festín, cerrado con un excelente café "ristreto". Nos fuimos a rememorar viajes anteriores en Narbonne i bajar las calorías consumidas.

 


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